miércoles 17 de enero de 2018 - Edición: Colombia - Mundo
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El campo, en manos de gigantes

Una ola de fusiones dejará el 80% de la producción mundial de semillas, abonos y herbicidas en sólo 4 grupos
La agricultura industrializada e intensiva concentra la mayor parte de la producción mundial y marca el camino del sector agrario (Sean Gallup / Getty)

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Los payeses de hace cincuenta años pasaban las horas doblando el espinazo para arrancar las malas hierbas del huerto con la azada, prácticamente igual que habían hecho sus antepasados cuando las legiones romanas marchaban por la Vía Augusta. La revolución industrial, que llegó al campo con la mecanización y con el desarrollo de la industria química que introdujo los herbicidas y los fertilizantes, está sin embargo llegando a una tercera fase, casi monopolística: si prosperan las fusionesanunciadas este verano, cuatro grupos controlarán más del 80% de la producción mundial de herbicidas y semillas.

El anuncio, la semana pasada, de la venta de Monsanto a Bayer, disparó todas las alarmas e hizo que incluso Bernie Sanders, el senador que ha disputado a Hillary Clinton la nominación de los demócratas a la presidencia de Estados Unidos, asegurara que eran “una amenaza para todos” porque estas fusiones “incrementan los beneficios de las grandes corporaciones y dejan a los americanos pagando precios cada vez más altos” por los alimentos, por lo que pidió, lisa y llanamente, que el gobierno las bloqueara.

La compra de Monsanto por Bayer es la mayor adquisición pagada en efectivo de la historia, y la mayor operación empresarial realizada jamás por una firma alemana (59.000 millones de euros). Las americanas Dow Chemical y Dupont anunciaron su fusión en diciembre, mediante intercambio de acciones, valorada en 61.0000 millones. Y la compañía estatal china ChemChina anunció en junio la compra de la suiza Syngenta por 42.000 millones.

Bernie Sanders recogía sólo la creciente inquietud de los productores agrícolas estadounidenses, y del resto del mundo. Oscar Alfranca, investigador y profesor de l’Escola Superior d’Agricultura de Barcelona de la UPC señala que “cuanto mayor es la concentración, menos competencia hay en el mercado. El resto de las empresas, más pequeñas, tendrán más difícil sobrevivir. Y probablemente se ralentizará la innovación en el sector: los grandes, que son quienes tienen la capacidad económica para investigar, tendrán pocos motivos para hacerlo porque podrán controlar los precios de venta de sus productos”. Alfranca recordó que “es muy peligroso dejar la alimentación del mundo en manos de 3 ó 4 multinacionales”.

La concentración agroquímica, sin embargo, “sigue la misma lógica que ha impuesto la globalización a otros sector como el automovilístico, el eléctrico o el de fabricantes de aviones” recuerda Albert Sagués economista y profesor de la UPF Barcelona School of Management. “O compras o te compran, como se ha visto con Monsanto, que al fracasar en la compra de Syngenta ha tenido que venderse a Bayer”. Sagués considera que la concentración se ha convertido en el precio de la globalización: ser proveedor mundial y tener clientes globales da unas ventajas tan grandes de economía de costes y capacidad innovadora e inversora que quien se queda atrás se ve abocado a desaparecer.

Este ha sido claramente el camino de la industria agroquímica en los últimos años: hace 40 años había más de 7.000 empresas en todo el mundo y hoy apenas quedan 200, pero apenas las diez primeras cuentan realmente. El punto de inflexión en la industria fue 1997, cuando Monsanto lanzó el primer transgénico: una semilla de maíz diseñada para ser resistente a las fumigaciones de Roundup, su herbicida estrella, lo que permitía mecanizar completamente la fumigación de los campos, incluso con avionetas: las malas hierbas morían y la cosecha de maíz no sufría daños. Hoy en Estados Unidos el 92% del maíz es transgénico, el 94% de la soja y porcentajes similares en otros cultivos como el algodón o la colza. Solo Europa, donde la movilización de los ecologistas ha restringido la aprobación de estas semillas; África, donde la pobreza impide el desarrollo de la agricultura intensiva, y China y Rusia, por motivos políticos, cultivan ya cereales no transgénicos. Y todas las grandes firmas los producen, aunque la mala fama se la haya quedado casi en exclusiva Monsanto.

El éxito de los transgénicos permitió que el precio de venta de las semillas (patentadas) triplicara el de las tradicionales e hinchó los beneficios del sector. Pero en los últimos cinco años el parón de las economías emergentes ha provocado una caída del precio de las materias primas en los mercados de futuros que ha hecho que los productos reduzcan superficie de cultivos y vuelvan a las semillas tradicionales para ahorrar costes. Paralelamente las semillas transgénicas han perdido eficacia porque las plagas se han hecho resistentes al herbicida complementario (principalmente al Roundup) y la I+D de los grandes grupos no ha logrado desarrollar semillas resistentes a otros productos. O no ha sido capaz de comercializarlos: paradójicamente la gran oposición ecologista encarece y ralentiza el desarrollo de nuevos productos, porque los gobiernos extreman las exigencias para autorizarlos, lo que obliga a tener una capacidad inversora solo al alcance de titanes.

Según recuerda Ecologistas en Acción estas firmas “potencian un modelo de agricultura fuertemente dependiente del petróleo, concentrador de la propiedad y basado en el cultivo de grandes extensiones dedicadas a productos que cotizan en los mercados internacionales”. Por ello, uno de los mayores riesgos de la concentración es que se deje de lado la investigación sobre productos minoritarios, como las frutas y hortalizas de la agricultura mediterránea.

Incluso los 109 premios Nobel que recientemente firmaron una carta de apoyo a los transgénicos reconocieron que su uso potencia el desarrollo de la agricultura industrial, frente a la tradicional de pequeñas explotaciones e intensiva en trabajo. Pero es cuestionable que la agricultura tradicional pudiera ya alimentar a la población mundial y a la cabaña de la ganadería intensiva que usa los cereales como pienso.

“La concentración deja a los productores agrarios atrapados entre colosos: sus proveedores de semillas y herbicidas se concentran; y sus clientes, los grandes grupos alimentarios, también”, señala Alfranca. “La única manera de mantener un cierto nivel de renta es la integración vertical, participando de alguna manera en la industrialización de los alimentos y en su comercialización”, señala, y destaca, como ejemplo, la catalana Guissona.

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